Las paredes tenían marcas azules. Azules, por la tinta azul con la que eran marcados los dedos. Había mucho bullicio, la gente pedía por sus trámites… llevaban horas esperando por ellos. El gentío venía, iba, caminaba, gritaba, buscaba algún personaje que se dejara comprar para facilitar las cosas. Aquellos personajes esperaban afuera, cuales buitres esperando el momento fatal de sus presas. Gafas, cabellos engominados, todos eran iguales.
José llegó con su padre y con David, su mejor amigo, su cómplice, su confidente… a nadie más necesitaba. José vestido para la ocasión, no para el lugar; su padre y David llevaban guayaberas blancas, la una manga corta, la otra manga larga. Fue su padre quién se preocupó de llegar a la ventanilla adecuada, un sello aquí, un sello allá y a esperar…
Alejandra llegó, sonriente, vestido blanco con unos pequeños apliques azules en el filo de la falda y del corpiño, zapatos de taco bajo para no causar daño al pequeño ser al que había ahogado tantas veces por las noches con lágrimas innecesarias, una discreta orquídea rodeaba su mano como una manilla, su cabello recogido en un moño adornado con unas estrellas azules. Nada fuera de lo ordinario. Vestida para la ocasión, no para el lugar. Sonreía, claro, José estaba de frente. Sonreía, claro, aunque deseaba que la tía Fernandina no estuviera con ella, pues este momento era íntimo, muy de ella, y ella sabía que antes de terminar con el trámite ya toda la familia lo sabría… gracias a Fernandina “la metida”.
Leyla estaba con ella, también. Y mientras la ministra pronuncia algunas palabras su mente (la de Leyla) se traslada a los años del colegio. ¿Cuántas veces no planificaron este momento? La madre de Alejandra no hacía más que llorar con todas las fuerzas que podía, aun soñaba con ese título de Doctorado para su pequeña briboncita… y el padre… el padre perdía algo en ese momento. Absorto, no entendía que en realidad lo había perdido siete meses antes, cuando el amor, la razón y la lujuria encontraron espacio en una misma cama.
José la veía… no escuchaba ni a la ministra ni a los gritos que el gentío disparaba afuera de la pequeña oficina calurosa. Un escritorio que hacía décadas había sido nuevo, papeles, fotos, dinero, paredes marcadas y un entrar y salir de oficinistas acompañaban a las circunstancias.
José la veía… hermosa, hermosa, hermosa. Alejandra lo veía, y sonreía. No les importaba el mero trámite. Ellos estaban allí, juntos, sellando lo que antes las estrellas habían atestiguado. Se habían jurado amor siete meses antes cuando ella dijo que iría al cine, cuando él se escapó de clases. Estaban ahí y no les importaba nadie… no importaba si la madre estaba resentida, no importa la tía Fernandina y su constante risilla en el celular.
No importaba la demacrada oficina en la que estaban legalizando su juramento… No importaba nada.
Ella estaba hermosa. Él estaba inquieto.