Escribiendo en el piso

miércoles, marzo 21, 2007

blogsticker

c7dd80a2d5633438f934999ba858878d

domingo, enero 07, 2007

Cocina

Malena no tenía idea de como había llegado hasta ese momento. Ni que haría para solucionarlo.

En su vida había sido necesario tan solo abrir la boca y pedir, su madre se había encargado de darle todo listo en sus manos. Y era talvez el instinto protector al saber que era la única niña entre los siete varones; por eso, Doña Sara no le permitía hacer algo que manchara sus inmaculadas manos, jugar a las escondidas con sus hermanos era imposible pues siempre estuvo latente la posibilidad de caer y crear cicatrices que seguramente serían imborrables en sus piernas. Tampoco la dejaba jugar con las niñitas del barrio.

- "Es un grupo de niñas traviesas y revoltosas que tendrán un mal futuro de tanto andar en las calles. Sus padres no las protejen, en cambio tú eres mi vida" Era el argumento de todos los días.

Y de todos los días, claro, porque Malena jamás perdió la esperanza de poder tener contacto con las niñas de su edad. Ella las veía desde su ventana mientras abrazaba firmemente a sus muñecas. Sus muñecas eran el único contacto que ella tenía con la civilización. Todas tenían un nombre y una historia diferente.

Cuando Sebastían, tibios ojos azules, apareció en su vida, ella sabía que sería de él. Tal como lo había vaticinado su madre tres años antes. Y es que no cualquiera se podría casar con el niño rico de los Estevez, noo. Malena era la indicada, su madre lo repetía una y otra vez mientras peinaba la larga cabellera dorada de Malena. Y así fue.

Su madre la había preparado teóricamente para ser buena esposa. Pero ahora estaba ahí parada, con cuchillo en mano, sin saber que hacer y llorando a mares. Sebastián, tibios ojos azules, se había enamorado de ella, pero quería una esposa completa, no solo de esas que hablan bonito -como lo hacía Malena-. Sus discusiones tornaban alrededor de ese tema, siempre. Ella no podía, no quería, no sabía.

Sebastián, tibios ojos azules, había cerrado la puerta tras de él y se había marchado, para regresar con una sola condición: la crema de zapallo debía estar terminada para su regreso.

martes, diciembre 12, 2006

La jefe

Alessia era una mujer dominante. Su paso dejaba a hombres y mujeres boquiabiertos, qué formas, qué espíritu, qué acento. Siempre estaba bien vestida, sus uñas intactas y muy largas... no importaba si eran postizas, igual los gestos que ellas limitaban eran mucho más expresivos. La ropa glamorosa siempre le venía bien. Es que Alessia aun en calentador se veía bien.

Ocupaba un alto cargo en la empresa. Tenía un carro, pequeño, pero propio. Eso era lo importante. Su novio era de esos papitos que salen en la tele. Guapo, con garbo, de cejas definidas y mirada profunda. Alessia se abrazaba constantemente a él. Y junto a él, lucían sus zapatos de gamuzar y tacos altos y su atrevida carterita de marca fina. Era linda es cierto, era la envidia de todas las subalternas que respiraban su perfume delicioso.

Mafalda más bien era todo lo contrario, una mujer dulce, querendona, flaquita como ella sola. Muy sencilla, con un corazón enorme. No tenía carro, buseteaba nada más. Eres súper risueña y no se hacía lío con nada. Manejaba bien la cuchara como el tenedor, a la hora de compartir un almuerzo poco le importaba en realidad.

Mafalda conocía bien a Alessia, conocía que detrás de esa bella mujer había una persona vacía, hueca, sola y sosa. Conocía lo que Alessia podía conseguir y le daba pena. No la admiraba ni la odiaba, pero sabía que todo lo que materialmente tenía Alessia en realidad le pertenecía a ella. Y esa razón era la que envidiaba, solo eso... saber que Alessia abrazaba en las noches a aquel que bien pudo ser solo de ella, su padre.

Mafalda era muy feliz y eso era lo que importaba. Los demás querían tener la vida de Alessia, ella solo quería arrancar de Alessia a su padre. Solo a su padre. Era lo único que envidiaba.

lunes, diciembre 04, 2006

El Altillo

Serían de color melón. No, no, mejor de color crema, persianas color crema. Color crema porque así combinarían mejor con los cómodos muebles de color caoba que compraría de oportunidad. Aunque claro, en realidad la oportunidad era para que se los vendan porque Cirila recién había cobrado su quincena. Ya veía linda su sala, arreglada con esos floreros de formas asimétricas que estaban tan a la moda. La mesa de centro iba a tener uno de esos, con unas flores amarillas. Naturales, claro. Y Cirila pensaba que tampoco era justo que faltara uno de esos libros que parecen interesantes y que le podrían dar un ambiente intelectual a la sala.

La ventana, faltaba la ventana. Grande, con una de esas rejas de acordeón. Y claro que de acordeón... ella no iba a permitir que le roben las cosas que tanto esfuerzo le habían costado. La ventana debía dar a un hermoso jardín, de esos que tienen el césped cortadito y bien verdecito, donde ella podría recostarse sin temor a las hormigas cuando le diera la gana. Para eso era su casa.

No podía ponerle muchas sillas al comedor porque ni le gustaba cocinar, ni le gustaba que las visitas se le quedaran a la hora de la comida. Por eso había escogido uno de esos modelitos redondos de cuatro sillas. ¡Qué bonito se vería el mantel que había tejido Loredana para ella!

En la cocina no había mucho que ver, bueno.. si. Estaba llena de cosas de motivos de gallinitas. Es que eran tan lindas con su corococó y las había visto tantas veces adornando las cocinas de las revistas de modas de cocina. Pero ese sería el espacio de la casa que, seguramente, menos utilizaría.

Su cuarto era cómodo, no muy grande pero si cómodo. Iba a poner de esos televisores tan finitos como las pastillas y de los que dicen que tienen buena salida de audio. Así, ella se encerraría en su cuarto con el acondicionador de aire prendido, un litro de helado, una cuchara y una frazada para ver una tarde de películas románticas. Si, si, eso quería. Y tenía un vestidor grande, grande, para poder ubicar todos los vestidos de moda que se compraría: el traje rojo que había visto, la camiseta de la tenista que salía en la tele, los zapatos como los de aquella presidenta, los sombreros que sabía que nunca usaría pero quería comprarlos igual.... ¡ay! tantas cosas lindas. Tantas.

Desde el altillo ella podía divisar las demás casas, que de seguro también la miraban, y la veían guapa en esa casa. Y daba envidia, además. Desde el altillo ella recordaría muchas cosas de sus viejas casas (porque aunque fueron alquiladas trazó muchas historias en ellas).

Y él. Él llegaba todas las tardes para tomarla de la cintura y le hacía el amor hasta el cansancio. Y dormían cogidos de la mano, y se tomaba todo el yogurt que ella le colocaba en el vaso. Leían juntos el periódico cada mañana, retozando en la cama. Y se sentaban en el césped cortadito y verdecito para jugar con el hermoso Labrador que tenían, Konan se llamaba, como su primer perro.

Don Jesús hizo un sonido estrepitoso cuando colocó las carpetas propuestas para revisión en su escritorio. Por eso lo odiaba, porque siempre la sacaba de sus pensamientos cuando estos más bonitos se ponían. Las carpetas significan horas extras de trabajo, pero Cirila aun no había calculado cuanto faltaba para completar la cuota de la entrada para la compra de su casa.

miércoles, noviembre 29, 2006

Conjugaciones

El café para Don Lautaro, llamar a la fábrica para preguntar por la huelga, la valija importantísima que debía viajar a la capital, el árbol de navidad, las invitaciones para el evento, la computadora dañada, los detalles del anuncio en el periódico (Y Don Ricardo que no había decidido nada), la interminable fila de postulantes y el requerimiento urgente para el puesto. Y era viernes.

Milena había despertado esa mañana sin ganas de ir al trabajo, porque ya sabía lo que le esperaba. No fue más que abrir los ojos para desear cerrarlos de nuevo. Es que ya! Prefería que se le impongan las ojeras sin tanta alharaca. Y es que el 9.74 que había ganado en la universidad no le aseguraba un buen futuro, no la libraba del dolor continuo de cabeza, no evadía la tensión permanente en los músculos de sus hombros, no apagaba la hoguera que se formaba en la boca del estómago antes de llegar a media mañana.

Ni bien llegaba y el celular sonaba, Don Lautaro reclamaba su café, los empleados de la fábrica continuaban con la huelga, las entrevistas demoraban, en el periódico rechazaban el anuncio, sus compañeras la llenaban de preguntas.

Milena trataba inútilmente de abstraerse en sus pensamientos. Trataba de recordar la razón que la unía a este trabajo, trataba de entender la forma en la que esa oficina la encerraba. No entendía como había podido llegar al límite de todas sus funciones.

Pensaba, llamaba, pensaba y sus músculos se tensaban. Firma acá, decide allá, toma las órdenes, toma decisiones y su cabeza empezaba a dilatarse. Lee esto, firma aquello, reunión en media hora y en su memoria se apilaban los asuntos. Debía salir, pero necesitaba quedarse. Entrevistaba pero decidía que hacer con los empleados en huelga. Ella, todo ella, toda ella metida en ese trabajo, sintiendo su piel pegada a los huesos, sintiendo que hacía años no almorzaba bien. ¿Y Don Lautaro? Frescazo, hablando por teléfono con su homólogo. Tomando el café que -para variar- ella le preparaba. Ella, ella, ella, la multi-pluri-funcional.

Talvez todo era por sus hijos: Ramoncito y Elvirita, la niña… tan pequeñita. Talvez era el hecho de ser padre y madre, dos veces. O no, talvez la razón era haber salido de la casa de su madrastra, insultada y humillada por haber metido la pata tan temprano. Seguramente era eso. Porque el hecho de que su primer marido la dejó por la flaca de la esquina no contaba. De paso, la había dejado con deudas; y, ese café y tanto alboroto eran necesarios para pagarlas.

Firma, sube, baja, lleva, piensa, coopera, alienta, soluciona, aprende, enseña, comparte, disputa… su día se transformaba en una continuo conjugación de verbos, irreconocibles pero verbos al fin y al cabo.

Qué bonito era pensar en el océano.

domingo, noviembre 19, 2006

Una boda hermosa

Las paredes tenían marcas azules. Azules, por la tinta azul con la que eran marcados los dedos. Había mucho bullicio, la gente pedía por sus trámites… llevaban horas esperando por ellos. El gentío venía, iba, caminaba, gritaba, buscaba algún personaje que se dejara comprar para facilitar las cosas. Aquellos personajes esperaban afuera, cuales buitres esperando el momento fatal de sus presas. Gafas, cabellos engominados, todos eran iguales.

José llegó con su padre y con David, su mejor amigo, su cómplice, su confidente… a nadie más necesitaba. José vestido para la ocasión, no para el lugar; su padre y David llevaban guayaberas blancas, la una manga corta, la otra manga larga. Fue su padre quién se preocupó de llegar a la ventanilla adecuada, un sello aquí, un sello allá y a esperar…

Alejandra llegó, sonriente, vestido blanco con unos pequeños apliques azules en el filo de la falda y del corpiño, zapatos de taco bajo para no causar daño al pequeño ser al que había ahogado tantas veces por las noches con lágrimas innecesarias, una discreta orquídea rodeaba su mano como una manilla, su cabello recogido en un moño adornado con unas estrellas azules. Nada fuera de lo ordinario. Vestida para la ocasión, no para el lugar. Sonreía, claro, José estaba de frente. Sonreía, claro, aunque deseaba que la tía Fernandina no estuviera con ella, pues este momento era íntimo, muy de ella, y ella sabía que antes de terminar con el trámite ya toda la familia lo sabría… gracias a Fernandina “la metida”.

Leyla estaba con ella, también. Y mientras la ministra pronuncia algunas palabras su mente (la de Leyla) se traslada a los años del colegio. ¿Cuántas veces no planificaron este momento? La madre de Alejandra no hacía más que llorar con todas las fuerzas que podía, aun soñaba con ese título de Doctorado para su pequeña briboncita… y el padre… el padre perdía algo en ese momento. Absorto, no entendía que en realidad lo había perdido siete meses antes, cuando el amor, la razón y la lujuria encontraron espacio en una misma cama.

José la veía… no escuchaba ni a la ministra ni a los gritos que el gentío disparaba afuera de la pequeña oficina calurosa. Un escritorio que hacía décadas había sido nuevo, papeles, fotos, dinero, paredes marcadas y un entrar y salir de oficinistas acompañaban a las circunstancias.

José la veía… hermosa, hermosa, hermosa. Alejandra lo veía, y sonreía. No les importaba el mero trámite. Ellos estaban allí, juntos, sellando lo que antes las estrellas habían atestiguado. Se habían jurado amor siete meses antes cuando ella dijo que iría al cine, cuando él se escapó de clases. Estaban ahí y no les importaba nadie… no importaba si la madre estaba resentida, no importa la tía Fernandina y su constante risilla en el celular.

No importaba la demacrada oficina en la que estaban legalizando su juramento… No importaba nada.

Ella estaba hermosa. Él estaba inquieto.

jueves, noviembre 16, 2006

Impotencia (2)

Hoy talvez nuestros gestos se encuentran y las palabras se cruzan...
puedo ver otra vez tu alegre sonrisa... ¿Es para mi?...
y es cuando la duda ataca mi ser...
¿Podrá ser como antes?¿Contaré con tu confianza otra vez?...

Si tan solo imaginaras cuanto necesito tus bromas,
tus enojos, tus consejos y sobre todo tu apoyo, tu mano.

No puedes escucharme pero quisiera decirte que ahora sé
que tuve parte de esta culpa,
yo no quise lastimarte ¡No te quiero mal!
¿Qué puedo cambiar para recuperar tu amistad?!
Me duele sentir que ya no me necesitas.

Me siento en la cuerda floja; pues no sé como actuar.
Quiero ser yo misma pero al serlo siento que pierdo más...
Soy difícil lo sé... Podrías entenderme amigo?
Y digo amigo aunque la distancia cercana nos separa.